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El país de los récords y el bolsillo en olla: cuando el PIB vuela pero los chelitos no rinden

Publicadolunes, 14 de septiembre de 2026, 7:29 a. m.
El país de los récords y el bolsillo en olla: cuando el PIB vuela pero los chelitos no rinden

Si uno se lleva de los informes técnicos, la economía dominicana es un bólido sin freno. Entre enero y julio de 2026, la actividad económica marcó una robusta expansión del 4.5 %, con un empujón del 4.6 % solo en julio. El turismo sigue llenando habitaciones, la construcción levanta torres a todo vapor, las zonas francas exportan sin tregua y el sistema financiero exhibe músculos de acero.

En los despachos de aire acondicionado y en las presentaciones con gráficas impecables, el éxito es rotundo. Pero cuando una madre dominicana pisa el supermercado con RD$3,000 en la cartera y ve que esa misma cantidad hoy apenas cubre el fondo del carrito, la fiesta macroeconómica se apaga de golpe. Ahí se hace evidente que en este país conviven dos realidades: la que sale en los balances oficiales y la que se bate a pulso en el asfalto.

Esa es la verdadera distancia entre el país que crece sobre el papel y la quincena que no alcanza ni para respirar. Un crecimiento del 4.5 % en el Producto Interno Bruto (PIB) no significa que a la gente le suban el sueldo por arte de magia ni que la vida se vuelva más llevadera. Lo que dice esa cifra, en buen dominicano, es que en el país se movió más dinero y se produjeron más bienes. Pero el trabajador sigue tirando las mismas ocho o diez horas de jornada, cobrando el mismo salario y haciendo malabares para tapar los mismos hoyos que cada día se hacen más hondos. En el papel somos más ricos, pero en la cocina la olla sigue apretada.

La trampa de los promedios y la inflación que no perdona

En agosto, la inflación interanual marcó un 5.13 %. Los técnicos suelen celebrar diciendo que «la inflación está cediendo», pero el pueblo sabe que eso no es más que un alivio estadístico. Que la inflación baje no quiere decir que el arroz, el pollo, las habichuelas, el plátano o los medicamentos vayan a costar lo que costaban antes de la pandemia. Significa, llanamente, que los precios siguen subiendo, solo que un chin más despacio.

Si un artículo de primera necesidad pasó de RD$100 a RD$130 y luego trepó a RD$133, el economista dirá satisfecho que el ritmo bajó; sin embargo, el consumidor sigue pagando RD$33 más que antes por lo mismito.

El dominicano no come balances trimestrales ni desayuna porcentajes. La realidad se mide abriendo la nevera. Se siente cuando hay que suprimir la merienda de los muchachos, cambiar la marca de toda la vida por la genérica más barata, dejar el carro parado para no echar gasolina, fiar en el colmado, meterle mano a la tarjeta de crédito para comprar comida o ponerse a rezar a partir del día 25 porque la cuenta ya está en cero. Ninguno de esos dolores cotidianos sale reflejado cuando se saca pecho con el crecimiento del PIB.

El estrangulamiento del crédito y el calvario del alquiler

A todo esto se suma el costo del dinero prestado. En agosto, la tasa de interés activa promedio de la banca múltiple rondó el 14.08 %. Esa tasa no es un número abstracto: es el martirio mensual del que paga la cuota del carrito concho, del que cogió un préstamo para reparar el techo o del que se endeudó hasta el cuello para costear una receta médica de emergencia. Con el crédito tan caro, el dominicano trabaja la mitad del mes solo para pagar intereses. Aunque cobre un chin más en bruto, en la mano no le queda un centavo.

Sería mezquino negar los avances: la pobreza monetaria oficial bajó del 19.0 % en 2024 al 17.3 % en 2025, y muchos hogares han mejorado sus ingresos. Pero las mismas cifras advierten un detalle peligroso: la desigualdad distributiva subió una rayita. En buen dominicano, si en una mesa de diez comensales dos se comen el chivo entero y los otros ocho se reparten los granos de moro, el promedio dirá que todos almorzaron bien, pero la mayoría se fue con hambre.

Para colmo, está el drama del techo. El 42.5 % de los hogares dominicanos vive alquilado, una cifra que en los barrios y urbanizaciones de las ciudades trepa al 46 %. Es decir, casi la mitad de las familias urbanas arranca el mes debiendo la mitad de la quincena antes de pagar el pasaje, la factura de la luz, el agua, el internet de los muchachos, la comida y el colegio. El verdadero termómetro del bienestar no es cuánto ganas, sino cuánto te queda limpio después de pagar lo obligatorio.

Las remesas: el bendito salvavidas de los que están afuera

Y si este barco no se ha ido a pique, es en gran parte gracias a los que están afuera guayando la yuca en Nueva York, Boston, Madrid o donde sea. Entre enero y julio de 2026, la diáspora envió al país US$7,316.4 millones en remesas. Ese dinerito sagrado es lo que sostiene la leche de los nietos, las pastillas de la abuela y el plato de comida en miles de hogares humildes.

Es una bendición macroeconómica, sí, pero también deja en el aire una pregunta que asusta: ¿qué pasaría con la paz social y el consumo de este país si mañana los dominicanos ausentes no pudieran mandar ese envío?

La República Dominicana no es un país fracasado; al contrario, tiene un turismo envidiable, zonas francas pujantes y una estabilidad que muchos vecinos quisieran. Por eso mismo el debate no puede quedarse en la complacencia. Tras décadas encabezando las tablas de crecimiento en América Latina, el reto de fondo ya no es presumir el tamaño del pastel, sino ver cuántas migajas le están cayendo en el plato al trabajador que suda la camiseta para hornearlo.

La gente de a pie no necesita un doctorado en economía para entender esto. Lo vive en carne viva cuando le dan un aumento que se disuelve en dos viajes al colmado; cuando tiene que meterse en un pluriempleo o «chiripero» no para progresar, sino para no caer en la indigencia; y cuando dos sueldos en una casa ya no alcanzan para vivir tranquilos, sino para apenas sobrevivir.

Los técnicos no mienten cuando celebran la solidez del PIB, pero el ciudadano tiene toda la razón del mundo cuando aprieta los dientes y no les cree. Miran el país desde ángulos opuestos: unos cuentan millones en balances globales; otros cuentan menudo para completar el pasaje de regreso a casa.

El verdadero triunfo llegará el día en que las dos realidades se den la mano. El desafío de la República Dominicana no es romper récords en ruedas de prensa, sino lograr que ese dinamismo baje de las vallas publicitarias y se transforme en sueldos dignos, alquileres justos, ahorro en el banco y servicios públicos que funcionen. Porque mientras el bolsillo siga en olla, para el que se faja día a día, el cacareado crecimiento económico seguirá siendo un cuento que se escucha bonito, pero que no llena la barriga.