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El ambicioso plan petrolero entre Washington y Caracas: entre la promesa de inversión y un laberinto legal

Publicadojueves, 3 de septiembre de 2026, 9:01 a. m.
El ambicioso plan petrolero entre Washington y Caracas: entre la promesa de inversión y un laberinto legal

El sorpresivo acercamiento estratégico entre Washington y Caracas para reactivar la alicaída industria de los hidrocarburos venezolanos marca un giro histórico en el tablero energético continental. No obstante, la distancia entre el anuncio político y su materialización sobre el terreno anticipa una carrera de obstáculos marcada por la incertidumbre jurídica, el mal estado de la infraestructura y dudas razonables sobre la capacidad real de atraer al gran capital privado.

Una arquitectura corporativa sin precedentes

El eje de esta iniciativa descansa sobre el consorcio North American Blue Energy Partners (NABEP), vehículo operativo liderado por el empresario Alejandro Betancourt. El plan contempla el desarrollo de 17 campos petroleros estratégicos que albergarían entre 64.000 y 65.000 millones de barriles en reservas recuperables —cifras sobre las cuales persiste un debate técnico de larga data respecto a su cálculo real—. Bajo este esquema, se proyecta una inyección financiera que podría escalar hasta los US$100.000 millones, con la meta de elevar la producción desde poco más de 200.000 barriles por día hasta sobrepasar el umbral de los 1,5 millones de barriles diarios.

La estructura diseñada concede al gobierno estadounidense una posición inédita de control indirecto equivalente al 55%. De acuerdo con el planteamiento preliminar, entidades vinculadas a la defensa estadounidense obtendrían cerca del 35% de la matriz del operador, mientras que el Departamento de Estado retendría los derechos para adquirir el 20% de los barriles al costo, junto con prioridad comercial sobre el remanente.

El choque con los marcos legales

Sin embargo, el despliegue del proyecto enfrenta fricciones inmediatas en el ámbito legal a ambos lados del hemisferio. En Venezuela, la aspiración de otorgar concesiones de hasta 100 años choca frontalmente con la actual Ley Orgánica de Hidrocarburos, la cual limita los contratos operativos a 25 años prorrogables por un máximo de 15. Además, la integración formal de PDVSA en este engranaje y la fórmula de asociación con empresas mixtas aún carecen de definición transparente.

En Estados Unidos el camino tampoco está despejado. La Oficina de Capital Estratégico (OSC) del Pentágono enfrenta restricciones normativas que le impiden tomar participaciones directas de capital en entidades privadas comerciales, limitando su margen de acción a instrumentos como garantías de crédito, financiamiento de deuda o soporte técnico y logístico para maquinaria y perforación.

Dudas operativas, la OPEP y la sombra del riesgo político

Más allá de las leyes, el escepticismo de las grandes corporaciones petroleras internacionales se mantiene latente. Venezuela arrastra un pasivo que ronda los US$170.000 millones en deudas y litigios pendientes, un lastre que ensombrece el flujo futuro de dividendos para inversionistas institucionales y tenedores de bonos. A esto se suma el colapso de la red de refinación y transporte local, especializada en crudo extrapesado, un hidrocarburo denso que exige costosos procesos de mejoramiento y que no resulta compatible de forma inmediata con las cavernas de la Reserva Estratégica de Petróleo estadounidense.

En el plano geopolítico, el proyecto también amenaza con quebrar el equilibrio con la OPEP, abriendo debates sobre una eventual salida de Caracas del cartel para evadir futuras cuotas restrictivas. Finalmente, el factor más impredecible sigue siendo la durabilidad política: la viabilidad a largo plazo de concesiones centenarias dependerá de si los futuros relevos de poder en Washington y Caracas deciden honrar o desmantelar un pacto concebido en un escenario de conveniencias cruzadas.