"Me creí todo lo que me dijeron": Rompe el silencio la mujer que alquiló vivienda a los atacantes del 11 de Septiembre

Durante casi un cuarto de siglo, Holly Ratchford cargó en absoluto silencio con el peso de haber convivido y facilitado el hospedaje de quienes terminarían ejecutando el atentado más devastador en la historia moderna de Estados Unidos. A finales de la década de 1990, Ratchford era la administradora de Parkwood, un tranquilo complejo residencial de 175 apartamentos en las afueras de San Diego, California. Entre sus residentes más carismáticos figuraba Omar al-Bayoumi, un ciudadano saudí de unos 40 años que participaba en las actividades vecinales y solía mostrarse afable y servicial ante la comunidad.
Sin embargo, aquella fachada de calidez vecinal se transformó en una pesadilla cuando, a comienzos del año 2000, Bayoumi se presentó en la oficina de administración acompañado por dos jóvenes discretos: Nawaf al-Hazmi y Khalid al-Mihdhar. Ninguno dominaba el idioma inglés ni cumplía con los requisitos financieros básicos para calificar como arrendatarios. Ante la negativa inicial de Ratchford, Bayoumi tomó el control absoluto de la situación: los llevó a una sucursal bancaria para abrir una cuenta con miles de dólares en efectivo y regresó para firmar personalmente el contrato de arrendamiento como fiador legal y contacto de emergencia. Poco más de un año y medio después, ambos hombres secuestraron el vuelo 77 de American Airlines y lo estrellaron contra la sede del Pentágono.
Las contradicciones que acorralan a Bayoumi
El testimonio que Ratchford ha entregado a la justicia federal en Nueva York contradice frontalmente la versión que Bayoumi sostuvo ante las autoridades policiales británicas y el FBI tras su arresto en Birmingham en septiembre de 2001. En aquel entonces, el ciudadano saudí declaró que su vínculo con Hazmi y Mihdhar había sido un encuentro fortuito en Los Ángeles y que apenas tuvo contacto con ellos tras conseguirles techo. Ratchford, por el contrario, sostiene que Bayoumi insistió de manera reiterada en conseguirles una vivienda cercana a la suya y al menor costo posible, que continuó frecuentándolos durante semanas —incluso compartiendo té y galletas en su oficina— y que llegó a cubrir pagos atrasados de la renta de los futuros secuestradores.
Las investigaciones posteriores del FBI revelaron que Bayoumi recibía pagos anuales cercanos a los 90,000 dólares a través de entidades vinculadas al Ministerio de Defensa de Arabia Saudita, pese a no presentarse a trabajar. Dichos ingresos aumentaron drásticamente justo cuando los terroristas arribaron a suelo californiano y disminuyeron tan pronto estos abandonaron la zona. Asimismo, se descubrió que su entorno ayudó a los secuestradores a obtener licencias de conducir locales, costear lecciones de vuelo y recibir transferencias de dinero desde Medio Oriente.
Un litigio billonario y las secuelas imborrables
Hoy en día, Bayoumi se ubica en el epicentro de una demanda civil de un billón de dólares interpuesta contra el Reino de Arabia Saudita por miles de sobrevivientes y familiares de víctimas de los ataques. El año pasado, el juez de distrito George B. Daniels determinó que las pruebas recopiladas permiten una "inferencia razonable" de que la asistencia brindada a los secuestradores no correspondió a los actos desinteresados de un buen samaritano, sino a una coordinación orquestada bajo directrices de funcionarios saudíes, acusaciones que el gobierno de Riad y el propio Bayoumi continúan rechazando bajo el principio de inmunidad soberana.
Para Ratchford, la revelación del engaño supuso el colapso total de su vida personal. Tras ser interrogada por agentes federales al confirmarse los atentados, abandonó su carrera en el sector inmobiliario y buscó refugio en áreas remotas del oeste estadounidense, conviviendo con el aislamiento para protegerse de la desconfianza generalizada hacia el prójimo. "El 11 de septiembre hizo que sintiera miedo de la gente. Me sentí muy estúpida por haber confiado", lamenta hoy, mientras su declaración sellada aguarda un veredicto definitivo en los tribunales federales de apelación.