La 'manósfera' del siglo XI: lo que revela el legendario Tapiz de Bayeux sobre el poder y la virilidad medieval

El Tapiz de Bayeux, una imponente pieza textil bordada sobre 70 metros de lino, narra con detalle sangriento y sin censura los eventos que rodearon la conquista normanda de Inglaterra en 1066. A casi un milenio de haber sido confeccionada en la década de 1070, esta obra maestra regresa a territorio británico para ser expuesta en el Museo Británico, abriendo el debate sobre lo que expertos contemporáneos catalogan como el equivalente medieval a la actual «manósfera»: una narrativa artística concebida por y para la glorificación masculina.
Virilidad, armas y el culto al tamaño
El tapiz retrata un ecosistema repleto de testosterona en los preliminares del choque entre dos líderes militares: Guillermo, duque de Normandía, y el rey Harold II. La obra no solo exhibe a guerreros armados y leñadores vigorosos preparando flotas navales, sino que incorpora una fijación visual explícita con los atributos sexuales. En una investigación académica, el historiador George Garnett identificó 93 representaciones fálicas a lo largo del bordado —88 correspondientes a corceles y cinco a figuras humanas—, en su gran mayoría erectos.
De acuerdo con análisis de especialistas como Janina Ramírez y Christopher Monk, la virilidad gráfica funcionaba como una métrica directa de legitimidad política y dominio. El corcel de mayor porte y dotes pertenece al propio Guillermo, seguido de cerca por el semental de Harold, estableciendo una equivalencia entre potencia física y aptitud para reinar.
La exclusión femenina y la censura cortesana
En un relato centrado casi exclusivamente en combates y alianzas bélicas, la presencia femenina queda relegada a proporciones ínfimas, estimándose en apenas una mujer por cada cien varones. Historiadores como Emily Joan Ward apuntan a que el principal patrocinador de la obra fue Odo de Bayeux, medio hermano de Guillermo, quien buscaba validar la legitimidad normanda ante un círculo social estrictamente masculino y militarizado.
Esta deliberada omisión dejó fuera a figuras indispensables como Matilde de Flandes, consorte de Guillermo, quien financió la nave capitana de la invasión. Las pocas mujeres que figuran en la franja principal actúan como marcadores emocionales de desastre o transición de mando, entre ellas la reina Edith lamentando la muerte del rey Eduardo el Confesor, y una madre que huye junto a su hijo mientras tropas normandas incendian su morada.
Subversión en los bordes: ¿Un "Me Too" del medioevo?
Los márgenes superior e inferior del lienzo revelan detalles más oscuros y potencialmente subversivos. Destaca la enigmática escena protagonizada por una mujer llamada Aelfgyva, quien es tocada en el rostro por un sacerdote de capa verde, mientras en la cenefa inferior un hombre desnudo replica lascivamente la pose. Investigadores como David Musgrove sugieren que este fragmento pudo haber constituido una denuncia visual de acoso en los círculos del clero, interpretándolo como un temprano antecedente de visibilización ante abusos de poder.
La mayor paradoja histórica de esta reliquia radica en su manufactura. Aunque el tapiz inmortaliza un triunfo bélico netamente patriarcal, la ejecución técnica dependió del talento, precisión y agudeza de bordadoras inglesas, quienes posiblemente plasmaron en los márgenes sutiles críticas a la brutalidad de sus invasores. Siglos después, en 1885, la Sociedad de Bordado de Leek recreó la pieza matizando la desnudez bajo la moral victoriana, pero añadiendo los nombres de cada una de sus artesanas, restituyendo así el rol de la mujer detrás del relato.