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La historia de 'El hombre que cae': La fotografía más perturbadora y censurada del 11 de septiembre

Publicadodomingo, 13 de septiembre de 2026, 12:56 a. m.
La historia de 'El hombre que cae': La fotografía más perturbadora y censurada del 11 de septiembre

El 11 de septiembre de 2001, minutos después de que el vuelo 175 de United Airlines impactara la Torre Sur del World Trade Center, el fotoperiodista de la agencia Associated Press, Richard Drew, salía de una estación del metro neoyorquino directo hacia la catástrofe. Frente a un escenario dominado por el fuego y el colapso inminente, Drew decidió enfocar su lente en un ángulo desgarrador: los civiles que, asfixiados por las llamas y el humo tóxico, optaban por lanzarse al vacío desde cientos de metros de altura.

Entre la ráfaga de capturas obtenidas aquel fatídico día, una sobresalió con fuerza propia: la figura de un hombre cayendo en posición casi vertical, con las piernas flexionadas y una serenidad visual que congela el tiempo. Esta instantánea, conocida mundialmente como "The Falling Man" (El hombre que cae), se transformó en una de las obras más impactantes de la historia contemporánea y, paradójicamente, en una de las más reprimidas por los medios estadounidenses.

La perturbadora simetría de una muerte inminente

El periodista y escritor Philippe Lecaplain, en su libro L'homme qui tombe, analiza a fondo el impacto de esta obra y las razones de su prolongado silenciamiento. Desde la perspectiva formal, el encuadre resulta asombrosamente simétrico: las líneas paralelas de la fachada de las torres dividen el espacio de forma geométrica y enmarcan la silueta humana en el centro exacto. Una composición tan rigurosa que, a juicio del autor, hoy muchos dudarían de su autenticidad y la atribuirían a inteligencia artificial.

Sin embargo, lo que verdaderamente sacudió la sensibilidad pública no fue el morbo gráfico, sino la ausencia de violencia explícita. El hombre capturado por Drew no aparece destrozado ni descompuesto; se le observa erguido, vestido de manera formal y plenamente vivo en ese instante suspendido. Es esa misma humanidad la que genera una identificación inmediata y demoledora en quien observa: la inevitable pregunta de qué decisión habría tomado uno en una circunstancia tan extrema.

Del rechazo público a la autocensura colectiva

Apenas horas después de los ataques, los pocos diarios que se atrevieron a publicar la imagen recibieron una avalancha de quejas por parte de lectores que la calificaron de inhumana, irrespetuosa y profundamente perturbadora. Presionadas por el luto nacional y la culpa colectiva, las salas de redacción en Estados Unidos retiraron la fotografía de circulación y llegaron a emitir disculpas públicas, sellando un pacto no escrito de autocensura que perdura hasta el presente.

Para Lecaplain, el dilema radica en la imposibilidad ética del lenguaje frente al horror: resulta inadmisible catalogar de "hermosa" una imagen cuyo protagonista se precipita hacia un desenlace fatal ineludible. Por ello, la foto quedó confinada bajo el rótulo exclusivo de "histórica", marginada sistemáticamente de museos y exposiciones locales para no ofender la memoria de los deudos.

Un misterio sin resolver frente a la mirada global

A pesar de exhaustivas investigaciones periodísticas a lo largo de las últimas décadas, la verdadera identidad del hombre que cae permanece en el anonimato, un enigma que añade aún más gravedad a su estampa universal.

Mientras que en territorio norteamericano la imagen sigue siendo objeto de restricciones algorítmicas y recelo editorial, en Europa ha encontrado espacios de reflexión artística e histórica, presentándose en escenarios como el centro de arte Jeu de Paume en París. La fotografía de Richard Drew se mantiene así como el recordatorio más sobrio, crudo y silenciado de la vulnerabilidad humana ante el terror.