Enrique Díaz Álvarez y la política de la crueldad: el peligro de acostumbrarnos al dolor ajeno

En un mundo saturado de estímulos digitales, imágenes de abusos contra migrantes y demostraciones de fuerza estatal desmedida, la indignación pública parece diluirse en la resignación. Para el filósofo mexicano Enrique Díaz Álvarez, doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona y catedrático en la UNAM, este fenómeno responde a una estructurada «política de la crueldad». A través de su obra Lo intolerable: repulsión, vergüenza y responsabilidad colectiva ante la crueldad contemporánea, el ensayista plantea que las expresiones autoritarias contemporáneas han dejado de ocultar el castigo, optando por exhibir abiertamente el cinismo y la humillación sin que la sociedad active sus alarmas éticas.
El cuerpo como territorio del castigo moderno
El autor rescata el pensamiento de Michel Foucault para recordar que el poder se ejerce de manera tangible sobre el cuerpo humano. Si en el pasado las cárceles representaban el confinamiento silencioso tras el fin de los suplicios medievales, Díaz Álvarez subraya que hoy la microfísica del control se refleja crudamente en los centros de detención migratoria y en el trato hacia las poblaciones vulnerables. A esto se suma el dominio de los gigantes tecnológicos: la cesión voluntaria de datos y privacidad alimenta algoritmos que aclimatan a los usuarios a presenciar el horror cotidiano intercalado con entretenimiento banal, anestesiando la capacidad de asombro y empatía.
De la culpa individual a la responsabilidad colectiva
Frente al avance de discursos de extrema derecha y dinámicas de deshumanización —visibles tanto en políticas fronterizas de Estados Unidos como en tensiones autoritarias en diversos puntos de América Latina—, el filósofo acude a las reflexiones de Hannah Arendt. La salida, argumenta, no radica en la culpa individual, sino en asumir la responsabilidad política compartida: la convicción ciudadana de exigir que la violencia no se cometa en nombre de una comunidad ni con sus recursos.
Para Díaz Álvarez, la vergüenza y la repulsión no son signos de debilidad, sino motores éticos indispensables para reactivar la solidaridad comunitaria. La resistencia frente a estos relatos hegemónicos exige cultivar trincheras formativas: el pensamiento crítico universitario, el arte, la literatura y el periodismo de investigación reposado. En una era regida por la inmediatez y la estridencia, el rescate del lenguaje y la escucha del testimonio de las víctimas se erigen como las herramientas definitivas para frenar la normalización de lo intolerable.