Alarma en las aulas: España registra su peor nivel histórico en el informe PISA ante el impacto del consumo digital

El panorama educativo internacional enfrenta una de sus crisis más complejas de las últimas décadas. La más reciente entrega del informe del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA), que evaluó a unos 760,000 alumnos de 15 años en 91 naciones, evidenció un retroceso generalizado en competencias clave como la lectura, las matemáticas y las ciencias. Dentro de este escenario global, el caso de España ha encendido todas las alarmas al registrar el desempeño más bajo de toda su trayectoria histórica en estas pruebas estandarizadas promovidas por la OCDE.
Un desplome sin precedentes en las competencias básicas
Los resultados sitúan al estudiantado español sensiblemente por debajo del promedio de la Unión Europea y de los países de la OCDE. El declive más pronunciado se observó en la comprensión lectora, con una estrepitosa pérdida de 23 puntos, acompañada de una caída de 16 puntos en matemáticas y ocho en ciencias. La magnitud de estos números implica que un tercio de los estudiantes españoles no logra alcanzar el nivel dos de suficiencia, lo que significa que carecen de habilidades elementales como deducir la idea principal de un texto moderado o resolver problemas matemáticos cotidianos, tales como comparar distancias o calcular tipos de cambio de divisas.
Pese al sombrío balance académico, el reporte destaca facetas positivas en el entorno escolar español, tales como un alto sentido de pertenencia institucional, niveles de acoso escolar inferiores a la media y un elevado índice de equidad que brinda oportunidades formativas sin distinción de origen social. No obstante, la ministra de Educación, Milagros Tolón, catalogó los resultados como una "muy mala noticia" y reconoció que el déficit lector se ha convertido en la raíz estructural de las dificultades académicas.
La tecnología y las pantallas bajo escrutinio
Entre las múltiples variables analizadas, la hiperconectividad y la penetración tecnológica en los salones de clases ocupan el centro del debate. Diversos especialistas coinciden en que la exposición prolongada a dispositivos móviles y redes de consumo rápido, como TikTok, ha mermado la capacidad de concentración sostenida y el pensamiento crítico profundo. Andreas Schleicher, director de Educación y Habilidades de la OCDE, calificó la tecnología como "el elefante en la habitación", subrayando que el declive más severo coincide cronológicamente con la masificación de los entornos digitales.
Por su parte, neurocientíficos y educadores como Jared Cooney Horvath argumentan que la sustitución acelerada de libros físicos y cuadernos por tabletas pudo haber comprometido el desarrollo cognitivo tradicional. Sin embargo, analistas como la socióloga Elena Sintes aclaran que el problema no radica exclusivamente en el soporte técnico, sino en la ausencia de una metodología pedagógica con evidencia científica. Países altamente digitalizados como Estonia han mantenido un rendimiento superior, lo que demuestra que la clave radica en cómo y con qué propósito se integran las herramientas electrónicas.
Pobreza, inestabilidad legal y secuelas de la pandemia
El análisis de este retroceso también apunta a problemáticas estructurales propias de cada región. En el ámbito español, la pobreza infantil alcanza a cerca del 29% de los menores, situando a la nación en los puestos más vulnerables de Europa en este renglón y limitando el acceso a refuerzos académicos o entornos culturales enriquecedores. A esto se suma una marcada volatilidad legislativa, con ocho reformas educativas implementadas en las últimas décadas producto de disputas partidistas, lo que ha impedido consolidar políticas públicas a largo plazo.
A su vez, expertos como Amy Orben, investigadora de la Universidad de Cambridge, recuerdan que los evaluados rondaban los diez años al momento de los confinamientos por la COVID-19, un periodo crítico para la maduración académica. Desde el campo psicopedagógico, especialistas como Sylvie Pérez añaden que la desconexión verbal entre padres e hijos —también agravada por el consumo de pantallas en el hogar— retrasa el desarrollo del lenguaje desde la primera infancia. Revertir esta tendencia demandará un esfuerzo colectivo enfocado en recuperar la lectura profunda y garantizar un acompañamiento adulto riguroso tanto en las aulas como en los hogares.