A casi 25 años del 11-S: la incansable batalla forense por identificar a más de mil víctimas invisibles

Durante casi un cuarto de siglo, el único vestigio físico que Juliette Scauso ha conservado de su padre es un casco de bombero abollado y calcinado. Su progenitor, Dennis Scauso, integró durante doce años una brigada especializada en materiales peligrosos del Departamento de Bomberos de Nueva York. Aquel fatídico 11 de septiembre de 2001 no le correspondía trabajar, pero aceptó cubrir un turno extra. Se presume que se encontraba dentro de la Torre Sur del World Trade Center al momento del desplome. Meses más tarde, entre los escombros de la Zona Cero, solo apareció su casco con la placa intacta.
El caso de Dennis no es una excepción aislada, sino parte de una de las tragedias forenses más complejas de la historia moderna. De las 2,753 personas que perdieron la vida en el complejo de las Torres Gemelas, más de 1,000 permanecen formalmente sin identificar. Hasta la fecha, los peritos han conseguido poner nombre apenas al 60% de las víctimas de Manhattan, una cifra que contrasta con la resolución casi total de los siniestros ocurridos ese mismo día en el Pentágono y en Shanksville, Pensilvania.
La irrupción de la genealogía genética
El camino hacia las respuestas ha dado un salto cualitativo gracias a la implementación de la genealogía genética forense de investigación (FIGG). Esta tecnología, respaldada por la secuenciación completa del genoma humano, permite descifrar códigos genéticos severamente fragmentados y rastrear coincidencias con familiares lejanos a través de árboles genealógicos, labor que luego coordina la policía para ubicar a parientes directos.
La doctora Angela Soler, directora de antropología forense de la ciudad de Nueva York, ha liderado este monumental desafío técnico. Recientemente, el equipo forense logró identificar a la víctima número 1,654, sumándose a otros nombres confirmados el año pasado como Ryan Fitzgerald y Barbara Keating. Soler enfatiza que el reto siempre fue mayúsculo: el impacto de las aeronaves, las temperaturas extremas provocadas por el combustible ardiendo y el aplastamiento pulverizaron los restos, dejando muestras biológicas minúsculas y altamente degradadas. A ello se sumó la confusión del cambio de guardia matutino, donde bomberos que acudieron de refuerzo tomaron casacas y equipos prestados con nombres de otros compañeros.
Un dilema entre la paz y el dolor
Pese a los logros tecnológicos, la llamada del laboratorio no siempre es recibida como un alivio. Mientras decenas de familiares se comunican cada semana con la oficina forense anhelando una confirmación para depositar los restos en el memorial subterráneo de la Zona Cero, otros temen desenterrar un dolor que costó décadas procesar.
Para personas como Juliette Scauso, quien tenía apenas cuatro años cuando ocurrió la tragedia, la notificación oficial ya no cambiaría la realidad de su pérdida. Para ella, reabrir formalmente el proceso equivaldría a rasgar una herida ya asimilada en su vida diaria. No obstante, los científicos forenses aseguran que el archivo nunca se cerrará mientras existan técnicas por probar y familias que sigan buscando certeza.